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Opinión

Fecha: 2020-07-19
Lugar del post: SEVILLA
Autor: David J. Varea Fernández

Un recordado cofrade se preguntaba a sí mismo, al tratar de comprender el germen de la Hermandad de Santa Marta, ¿cómo fue posible? Se trata de una interrogante de muy difícil respuesta, ya que esta admirable corporación nazarena del Lunes Santo se presentó a Sevilla, en su primera Estación de Penitencia por las calles de la ciudad hace poco más de medio siglo, prácticamente tal y como hoy la conocemos, acabada, perfecta. Los cofrades que vivieron aquellos primeros días de la Hermandad de Santa Marta no podrían salir de su asombro al comprobar cómo una hermandad letífica pasaba, de la noche a la mañana, a convertirse en una de las cofradías de Pasión más admiradas y reconocidas de la Semana Santa sevillana. Una cofradía que asombró a todos por su sobriedad y elegancia que parecen heredadas de una corporación cargada de siglos de historia y saber hacer arraigado en la idiosincrasia de la corporación como si llevaran toda la vida haciéndolo así, con sencillez y austeridad, con una templanza digna de cofradías de gran solera y renombre, con un misterio que más bien parece sacado de un obrador del Seiscientos que de un taller de mediados del siglo veinte, con un paso que dentro de su contemporaneidad adivina matices que lo hacen parecer clásico, de siempre.

Sin embargo, es la de Santa Marta una cofradía que también se antoja joven, una juventud que se plasma en su sencillez y discreción, como queriendo pasar desapercibida, sin llamar la atención, con su discurrir silente y rebosante de sobriedad. Un discurrir que siempre se nos hace corto, que nos sabe a poco, como ese agua que se te escapa de las manos y a la que no puedes aferrarte, de ahí quizás ese encanto singular de esta cofradía que pasa ante nuestros ojos como un fantasma en una noche oscura.

También su juventud se plasma en el abnegado compromiso de la hermandad con el tiempo que le ha tocado vivir, tan distinto al de otras corporaciones que por su antigüedad vivieron otros tiempos en el que las preocupaciones eran bien distintas. La Santa que da nombre a la Hermandad, Marta, la amiga de Jesús, la hospitalaria, la que abría su casa al Señor, Patrona del servicio al prójimo, no puede ir más en consonancia con los tiempos que corren donde la ayuda al necesitado se antoja fundamental en el día a día de las hermandades y cofradías. Al igual que la advocación del Cristo, Caridad, “la Caridad de Cristo nos urge”, lema de la Institución y cuyas palabras recogen todo el espíritu de esta cofradía, no quedándose en el vacío de unas letras. Por eso insistíamos en la juventud, en la contemporaneidad de la Hermandad de Santa Marta a pesar de su apariencia centenaria, de su asentado aplomo procesional y cultual.

Ver la cofradía en su anual Estación de Penitencia por las calles sevillanas, en su peregrinar a la Iglesia Mayor de la Metrópoli, es una delicia para los sentidos y un rotundo aldabonazo al corazón del espectador. Desde la sobrecogedora salida del histórico templo dedicado a San Andrés hasta la vuelta en las postreras horas del Lunes Santo, la cofradía sorprenderá al más escéptico con su ejemplarizante catequésis pública, su ascetismo, su silencio y también su humildad. Se puede adivinar por San Andrés, donde se admirará el sobrio cortejo de enlutados nazarenos, que más bien parecen cipreses celosos de los naranjos de la plaza, inigualables privilegiados por perfumar cada año el misterio del Traslado al Sepulcro del Cristo de la Caridad. Siempre sorprende la salida de la cofradía de Santa Marta, desde la esquila que dobla en la torre de San Andrés anunciando a duelo por la muerte de Cristo hasta las impenetrables nubes de incienso que envuelven al impresionante paso de misterio, quizás, el más logrado de entre los creados en el siglo XX. Detalles singulares para una cofradía singular. La lacerante campana que anuncia la muerte y el incienso purificador y sacrificial, detalles intrínsecos del Lunes Santo en Santa Marta.

Pero no nos quedemos en los detalles. La sola visión del imponente Cristo de la Caridad, con su belleza apolínea, con su patetismo, yerto sobre la sábana, contrastando la blancura del sudario con la tez violácea del Redentor inerte, sobrecoge a cualquier espectador. Los rostros desencajados de los Varones, la inmensa tristeza de las Marías, la ternura y serenidad de la Magdalena, la perplejidad e incredulidad de la Santa, el consuelo y el desconsuelo  del Discípulo más querido y de la Madre de las Penas, nos muestran una escena realmente desgarradora que sin embargo rebosa belleza por los cuatro costados. El brazo derecho del Cristo nos llama la atención, va caído y oscilante, sin vida como el divino cuerpo al que pertenece, mientras la Magdalena lo recoge con sumo tacto en un gesto de gran ternura. Bajo la mano del Cristo encontramos otro detalle, la rosa roja de Santa Marta. Rosa que quiere abrirse paso entre los fúnebres lirios morados resaltando su simbolismo, rojo de sangre, sangre de vida, vida tras la muerte.

Añoro a la cofradía de Santa Marta, hace algunos años que no disfruto de su edificante procesionar por Sevilla. Aún la recuerdo de regreso por Cuna, en la oscuridad de la noche, silente, siempre asombrosa. Una cofradía que es un lujo de Sevilla pero que sin embargo prescinde de lujos, de joyas y bordados, las Penas de la Virgen son las que inundan la noche sin más preseas que sus lágrimas, con una austeridad que se traduce en el día a día de la hermandad. Y cuando el paso se detiene entre las densas nubes de incienso que surgen del impecable y nutridísimo cuerpo de acólitos de la hermandad -otro orgullo de la cofradía- nuevamente vuelve a encogerse el corazón ante esta visión tan difícil de explicar, estéticamente perfecta. No parece un simulacro, parece el verdadero Traslado del cuerpo difunfo de Cristo al Sepulcro. Y todo, impregnado de una religiosidad y un misticismo que envuelven al fiel apoderándose de sus sentidos.

Se pierde la cofradía buscando nuevamente su casa con una premura que vuelve a sorprendernos, sin aspavientos, mientras la esquila vuelve a doblar a duelo en San Andrés, recordándonos que Cristo ha muerto mientras sus seres más queridos lo llevan a enterrar con una levedad y una sencillez que nos traspasa el alma. Y nos quedamos tan sorprendidos y asombrados como aquellos cofrades que vieron nacer la cofradía hace más de medio siglo, y dándole otro sentido a la interrogante que se hizo aquel cofrade, podíamos preguntarnos al ver cruzar la cofradía, ¿cómo fue posible?

David J. Varea Fernández

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